28 diciembre 2005

Cuando el viento sopla...

Un aroma traido por el viento, la luz del día a una hora concreta, una imagen deslucida o el murmullo de un sonido lejano... Es suficiente para devolvernos pedazos enteros de un pasado que habita, aún, todavía, siempre, en el lugar donde ya no existe lo que una vez existió.


Me he asomado al patio a recoger la ropa tendida. Arriba, un pedacito de cielo azul me muestra unos retazos de nubes. La luz del día se me antoja distinta pero es la misma de ayer, de un ayer lejano que rescato a toda costa de algún rincón de mi memoria.
Soy una niña, de cuatro o cinco años, y camino por la plaza de la mano de mi abuelo. Él, siempre como un pincel, me pasea orgulloso y se para a cada instante a saludar. Es amigo del pescatero. Entramos a una pescadería pequeña y húmeda donde habitan las tinieblas. Me da miedo observar cómo por un pequeño canalillo situado entre el mostrador y yo gotea lentamente un agua de color rojizo. Mis piecitos infantiles se pegan al suelo y el olor es nauseabundo. Tiro de mi abuelo en dirección a la puerta. Por ella asoma un hilito muy fino de luz. Quiero salir. El bigotudo comerciante me sonríe por encima de su mofletuda y sonrojada cara y tiro aún con más fuerza de la chaqueta de mi abuelo. Una chaqueta de cuadritos marrones, a juego con el pantalón. Salimos. Mi abuelo sostiene en la otra mano (con la que no me agarra a mí) una bolsa de pescado. Puedo ver unas colas y unos ojos rígidos y ensangrentados asomarse entre el papel grisáceo, cubierto a su vez por una bolsa de plástico semitransparente. Volvemos a la plaza, hace viento pero el sol brilla con fuerza. Veo a otros niños jugar y la mano grande y de piel dura y reseca, pero caliente, que me agarra con fuerza empieza a resultarme agobiante. Trato de desprenderme de ella con fuerza, con insistencia, con gemidos de disconformidad que no llegan a desembocar en la rabieta. Pero él no me suelta. Soy muy pequeña. Y él es mi ángel guardián. Resignada a ser su prisionera le miro desde abajo. Su sonrisa, perfecta, muestra una hilera de dientes blancos. Es feliz. El sol me deslumbra y veo su silueta ligeramente a contraluz. Pero en el lugar de donde vienen los recuerdos una ráfaga de viento me devuelve nítida y clara, su imagen. Su traje de cuadritos, su camisa amarilla, su corbata gris. Su pelo cano y ondulado, su sonrisa, su mano sujetando la mía. Me luce con orgullo por la plaza del barrio. Mira el reloj. Tal vez vaya siendo hora de volver a casa.
Termino de recoger las cuatro prendas de ropa de la cuerda. El cielo ahora se muestra desnudo y sin nubes. El viento y su aroma me devuelven a la realidad que no es tan distinta de la de ayer. Y sin embargo, nada es lo mismo.


Raquel